
El finde pasado fui a Torremolinos. Dada la escasa oferta hotelera y el bajo presupuesto, nos decidimos por este destino,que a su vez me provocaba cierta nostalgia por todos los veranos que pasé allí con la familia.
Una vez allí, nos dejamos cautivar por las empinadas cuestas repletas de tiendas morunas, platos de cerámica y macetas con 'manolas' (comúnmente conocidas como geranios). Sin embargo, se trata de detalles superfluos frente a las exquisitas frituras de pescado, las sardinas asadas con sal gorda y los no sé por qué, extrañamente exquisitos, kebabs del sur. Y lo mejor de to, ¡a mu buen precio!
Eso sí, no nos olvidemos de que los guiris y las familias se han apoderado de los paseos nocturnos por la calle san miguel, que es la de las tiendas. Esta zona es un pelín más cara (no más que Madrid, que goza de las terrazas con más geta a la hora de poner precio a las cañas), pero justo al final de la misma, cuando comienza la cuesta del peligro que baja a la playa, había una tabernita que además de tener de todo, era baratíiiiisima.
Nos alojábamos en un hostal humilde, pero céntrico y limpio. Lo peor es que había que fichar, pues al ser un negocio familiar, se quedaban levantados hasta que llegabas por la noche de marcha. La cosa tiene su encanto pero... ¿y si hubiéramos querido volver acompañadas alguna noche? Esto, en la situación imaginaria de que Torremolinos no fuera uno de los tres sitios de costa estratégicos de ambiente junto a Cádiz y Sitges.
A pesar del palizón de autobús y estos pequeños pormenores que os comento, el fin de semana mereció la pena. Mi consejo es para los relajados, el tranquilo veraneo de un pueblo malagueño. Para los marchosos, unos buenos cócktails en primera línea de playa en Costa Marina, al lado de Benalmádena.
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