
Ayer, y aprovechando la visita de un amigo de mi amiga, nos apuntamos a una actividad ineludible en el turisteo madrileño: subirse al telesférico. La cabina del aparato da un poquito de miedo, sobre todo a la salida y a la llegada, que coge una velocidad que amos amos, ya quisiera algunos de los metros de la Espe.
El paseo no dura mucho más de diez minutejos, pero cuando ya llevas dos lo has visto to. Y es que no se me ocurre recorrido más aburrido, que si la Almudena, con fealdad sin par, el Palacio Real que bueno... el templo de Debod a tamaño Polly Pocket (se escribía así?), y eso si averiguas dónde está claro, la estación de Príncipe Pío, la autovía y la Casa de Campo. Sobre todo, la Casa de Campo en la que parece que el servicio de prostitución había cerrado por vacaciones de agosto, ya que no había por allí ni un alma.
El narrador va un poco desincronizado con las vistas y curiosamente, en lugar de ir acompañado de un flamenquito, zarzuela o incluso de un chotis, la música de fondo es de lo más aburrida y de un estilo indescriptible. Para terminar el relato, un lapidario 'hasta siempre' al viajero. Entonces es cuando te bajas con cinco euros menos en el bolsillo y con la sensación siempre placentera de haber hecho algo distinto a meterse en un bar y plimplarse unas cuantas cañas. Eso, y el descubrir de una puesta de sol desde las alturas en un hermoso horizonte. Ah! y la también placentera sensación de voyaeur al ver a las variopintas terrazas de los edificios.
El paseo no dura mucho más de diez minutejos, pero cuando ya llevas dos lo has visto to. Y es que no se me ocurre recorrido más aburrido, que si la Almudena, con fealdad sin par, el Palacio Real que bueno... el templo de Debod a tamaño Polly Pocket (se escribía así?), y eso si averiguas dónde está claro, la estación de Príncipe Pío, la autovía y la Casa de Campo. Sobre todo, la Casa de Campo en la que parece que el servicio de prostitución había cerrado por vacaciones de agosto, ya que no había por allí ni un alma.
El narrador va un poco desincronizado con las vistas y curiosamente, en lugar de ir acompañado de un flamenquito, zarzuela o incluso de un chotis, la música de fondo es de lo más aburrida y de un estilo indescriptible. Para terminar el relato, un lapidario 'hasta siempre' al viajero. Entonces es cuando te bajas con cinco euros menos en el bolsillo y con la sensación siempre placentera de haber hecho algo distinto a meterse en un bar y plimplarse unas cuantas cañas. Eso, y el descubrir de una puesta de sol desde las alturas en un hermoso horizonte. Ah! y la también placentera sensación de voyaeur al ver a las variopintas terrazas de los edificios.
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