
Enclavada en el corazón de la Extremadura, con sus calles abrazadas a la sierra y presidida por un majestuoso templete mudéjar sobre el que reposa alguna que otra cigüeña... se encuentra una hermosa villa: la de Guadalupe.
Los extremeños devotos tienen por costumbre hacer promesa, como en todos lados de este país tan 'espiritual', supongo. Como sabéis, para que una promesa se vea cumplida, el fiel debe ofrecer algún sacrificio a cambio. En nuestra tierra lo que se hace es ir andando a ver a la Virgen de Guadalupe. Así que por las fechas de Septiembre, es muy habitual encontrarse con peregrinos por la carretera. Algunos de los cuales, antes de concluir su camino, subirán de rodillas las escaleras del monasterio.
Este conjunto del Monasterio de Guadalupe conjuga a día de hoy la belleza la arquitectura gótica, en ese peculiar estilo mudéjar que antes cité y los nuevos avances tecnológicos, con enormes pantallas de plasma que hacen al viajero más accesibles las misas. Alberga además tesoros únicos como son las siete mujeres fuertes o el impresionante y lujoso tesoro. Sin embargo, para mí lo más bello sin duda es el cuidado claustro, tan semejante a todos los monasterios de este estilo.
El afán religioso ha sido un gancho para multitud de turistas, que cristianos o no, se acercan a este pequeño pueblecito llamado Guadalupe. Esto ha sido motivador de la multitud de tiendas de souvenirs. Desde que tengo memoria, y eso que en mi familia hay tradición de ir todos los años, son siempre los mismos objetos: la cámara de fotos de plástico con diapositivas del monasterio, la virgen de metal sobre una concha que se ha clavado en un trozo de mármol, los platos de 'amarillo' tan típicos, las cestas de mimbre...
El afán religioso ha sido un gancho para multitud de turistas, que cristianos o no, se acercan a este pequeño pueblecito llamado Guadalupe. Esto ha sido motivador de la multitud de tiendas de souvenirs. Desde que tengo memoria, y eso que en mi familia hay tradición de ir todos los años, son siempre los mismos objetos: la cámara de fotos de plástico con diapositivas del monasterio, la virgen de metal sobre una concha que se ha clavado en un trozo de mármol, los platos de 'amarillo' tan típicos, las cestas de mimbre...
Todos, por todos los lados de sus cuestas empinadas hay un sinfín de tiendas, bajo los arcos de bajada a las fuentes, al lado del parador, reposando al fresco en cualquier esquina. Y lo mismo ocurre con los restaurantes. A los lectores por cierto, les recomiendo el Altamira, por su buena relación calidad precio. Les advierto que no se dejen engatusar por la agresiva labor comercial del Alfonso XII, que además de ser carísimo, promete un salón con vistas y si pueden, te meten en un comedor interior que más parece perteneciente a un barezucho de mala muerte.A mí sin embargo lo que más me gusta de esta visita familiar a Guadalupe son otras cosas como las pastas típicas de la zona. No he de olvidar tampoco sus exquisitos licores o excelentes vinos de pitarra. Y por supuesto, sobre todos estos atractivos, el mayor de todos es la morcilla picante.

Muy a mi pesar, hay que reconocerle sin embargo a la Iglesia un mérito: ella se ha llenado los bolsillos con la fe de la gente, pero también se los han llenado los empresarios de la zona: hostaleros, restauradores, tenderos y un sinfín de oficios relacionados con el 'turisteo' rural. Y si no, que me lo digan a mí, que ahora para probar esa deliciosa morcilla, me tengo que pagar la tapa a precio de caviar.

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