
'Si volviera a nacer me gustaría ser hombre y gay'. Tengo una amiga que repite todo el rato esta frase y yo, comparto su opinión.
La semana pasada pasé mucho tiempo rodeada de gays. Pasamos la tarde en la de todos conocida por su ambiente piscina de Lago y salimos por Chueca para disfrutar del movimiento de caderas de la mayoría guapísimos homosexuales.
No dejan de sorprenderme sus códigos, sus abiertas manifestaciones de impulso sexual. Otro mundo tan cercano pero a la vez tan diferente al de los heteros. Para empezar, en las duchas de esta piscina parecen ser habituales los tocamientos públicos, onanistas y compartidos. Mientras mi amiga yo recogíamos la toalla con el debate filosófico de lo mierda que es el amor, lo desilusionadas pero a la vez sedientas que nos encontramos de romanticismo... nuestro amigo se duchaba. Y tardaba. Y tardaba. Y tardaba hasta que lo vimos aparecer con una sonrisa de oreja a oreja, había ligado. Un chico comenzó a tocarse en la ducha delante de él, gesto que no tardó en imitar. A los pocos segundos, ambos se tocaban mutuamente encerrados en el baño. Le preguntamos por su nombre y se encogió de hombros, sólo había sido un placer momentáneo, el nombre no le importaba.
El mismo amigo me contó que por el barrio de Chueca es habitual salir a solas, sin compañía con el mero propósito de ligar. Una vez que te has fijado el objetivo, lo persigues. Mi amigo lo persiguió por bares hasta que acabaron la noche besándose en una calle solitaria. Sin decirse nada, tampoco necesitaban hablar. Tan sólo se dieron un capricho sexual.
Cuánto más fácil nos resultaría a los heteros actuar sin tanto prejuicio, aprender de los maricas a distinguir el placer del amor, a manifestarnos claramente, sin tanto protocolo y sin premeditadas estrategias. Ni siquiera puedo imaginarme la de quebraderos de cabeza que me hubiera ahorrado, la de tormento mental que no hubiera malgastado...
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