Si tuviera que rezar por algo, sería por no perder la ilusión. La ilusión te ciega pero te impulsa. La ilusión te hace presa de los impulsos, la ilusión te libera de los miedos.
A mis treinta años no he perdido la ilusión. No añado todavía porque creo firmemente que no la perderé nunca. No obstante hay un pero, y es que cada vez dura menos.
Acabo de salir de una relación tormentosa. Bueno, la verdad es que no he salido del todo pero si tengo fuera la mayoría de mi cuerpo, incluída la mente pero no todo el rato el corazón. Esa persona me ha hecho daño, me ha defraudado en multitud de ocasiones pero el fraude es síntoma de que me creé expectativas con él.
Ahora, desde una perspectiva algo distante, entiendo que el error no fue suyo, sino mío, por enamorarme de una idea, de alguien que yo tenía esperanza que fuese pero que nunca fue. O al menos para mí.
Recién fracasada no busqué más que hombres iguales, y encontré uno que era justo lo contrario. Al experimentar sabores distintos, reacciones contrarias a las que estaba acostumbrada me emocioné. Me entregué a la causa del amor de nuevo y me creí inmersa en una nueva historia de amor, con ilusión.
Ya no importaban los errores pasados, se había cerrado una puerta pero se había abierto una ventana. Ahora, racional y emocionalmente tranquila, si analizo la situación me doy cuenta de que no fue más que un oasis, un poco de agua en este desolado desierto de mi corazón.
Me vuelvo a sentir sola. Él prometía pero tampoco estaba dispuesto a esforzarse por estar junto a mí. Mucha palabrería sin fundamento, en la distancia.
Son muchos sus años, sus tropezones también. Eso también lo hace fuerte, reacio a las relaciones estables pero a la vez docto en regalar el oído, experto en conquistar el corazón de una niñata frágil... como yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario