
De pequeña yo pintaba. En lápiz dibujaba retratos a partir de fotos, también usaba ceras de colores para diseñar la ropa de muñecas en modernísimas posturas. Me gustaban los trabajos manuales y empleaba mis ratos libres en recortar originales marcapáginas y extravagantes estuches para llevar rotuladores. Otras veces, ilustraba con cómics las típicas historias de adolescentes.
Era una niña de imaginación inquieta, digámoslo así.
Hoy, qué horror da oírlo, a mis treinta años me debería dirigir a mí misma como a una mujer. Independiente, con espíritu propio y profesionalmente ambiciosa. El problema es que ni yo, ni creo que los demás tampoco, me ven así.
Ayer estuvimos en una feria de jóvenes diseñadores. Allí había de todo: desde fundas de portátiles a broques o tocados de todo tipo pasando por los más arriesgados gorros y las más variopintas faldas. Casi todo estaba hecho con las manos y así a priori, parecían fáciles y baratas de hacer. Tan sólo hay que dar con la idea, justo lo que a mí me sobra.
Pero mi creatividad se encuentra en una lucha encarnizada con mi vagancia. Me propongo hacer cosas, diseñar objetos que me gusten, para distraerme para sentirme más a gusto con ese tiempo en el que mi trabajo no me tiene esclavizada. Pero nunca lo hago, o lo empiezo, compro el material sin llevarlo a cabo. Es mucho más fácil llegar a casa, tumbarse a ver la tele o pasar el rato vagueando mentalmente, sin más... Así, la sensación de vacío va in crescendo. La sensación de muerte de las inquietudes, de envenenamiento de la imaginación me asolan y me martirizan.
Así soy yo ahora, tan distinta a aquella niña que dibujaba... y que escribía.
Mamá, yo sigo queriendo escribir, pero ¿cómo ser guionista sin hacer guiones?
Era una niña de imaginación inquieta, digámoslo así.
Hoy, qué horror da oírlo, a mis treinta años me debería dirigir a mí misma como a una mujer. Independiente, con espíritu propio y profesionalmente ambiciosa. El problema es que ni yo, ni creo que los demás tampoco, me ven así.
Ayer estuvimos en una feria de jóvenes diseñadores. Allí había de todo: desde fundas de portátiles a broques o tocados de todo tipo pasando por los más arriesgados gorros y las más variopintas faldas. Casi todo estaba hecho con las manos y así a priori, parecían fáciles y baratas de hacer. Tan sólo hay que dar con la idea, justo lo que a mí me sobra.
Pero mi creatividad se encuentra en una lucha encarnizada con mi vagancia. Me propongo hacer cosas, diseñar objetos que me gusten, para distraerme para sentirme más a gusto con ese tiempo en el que mi trabajo no me tiene esclavizada. Pero nunca lo hago, o lo empiezo, compro el material sin llevarlo a cabo. Es mucho más fácil llegar a casa, tumbarse a ver la tele o pasar el rato vagueando mentalmente, sin más... Así, la sensación de vacío va in crescendo. La sensación de muerte de las inquietudes, de envenenamiento de la imaginación me asolan y me martirizan.
Así soy yo ahora, tan distinta a aquella niña que dibujaba... y que escribía.
Mamá, yo sigo queriendo escribir, pero ¿cómo ser guionista sin hacer guiones?
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