Hoy la radio me ha sorprendido con 'Sólo tú', de Los Módulos. Hacía mil años que no la escuchaba. Me trae recuerdos de la infancia, de aquellos viajes con la familia en nuestro 127 blanco. Era la misma época en la que siempre que pasaba por el cementerio de mi pueblo preguntaba: 'Papá, papá, ¿esas son las casitas de la abuela Maribel?'.
Y es que la abuela Maribel había muerto muy joven, más joven que yo, concretamente a los 30, en un intento de traer a este mundo a otro bebé al que llamarían Juanito. Pero ni Juanito ni ella sobrevivieron, y siguen descansando ahí, en esas casitas blancas rodeadas de sauces.
De otros tiempos acuden a mi memoria también algunos momentos de llantina, al despedirme de mi madre en Obando. Iba con mi abuelo... aquel hombre cabal, de impecable integridad con espíritu adelantado y ansias de ser artista, amigo de las discusiones (sin discutir se acaba demasiado pronto la conversación - decía...) y promotor de las extravagancias. Era un señor que lucía un gorro de estilo ruso sobre su mulo Sebastián en la carrera de San Antón. Era un señor que viajaba en su vespino, escuchando un cassette de mano que había atado con un alambre.
De la casa de Obando me acuerdo de las vacas, el estiercol, y el sinfín de cartas de amor que mi padre había escrito a mi madre durante la mili.
De la casa de Pela me acuerdo de las siestas con mi prima. Los paseos en bicicleta, los disfraces con la ropa del baúl del 'doblao'. También me acuerdo de un día de verano, concretamente un día 10, en que mi padre me hizo una sorpresa. Aquel día se marchó dolorido, se me olvidó que era su cumpleaños.
También conservo vagos recuerdos de la casa de mis tíos. En Pela también. Cuando nació mi hermano, tenía rubeola (o quizás era varicela?) y me llevaron con mis tíos para que no se la pegase. En mi mente albergo la imagen de aquel bebé, larguirucho y sietemesino, que conocí mientras otra de mis primas tomaba la Comunión.
Aquel bebé ahora tiene 25 años... y el otro día le dejé mi cama para que la mancillase con su nuevo amor.
Y es que la abuela Maribel había muerto muy joven, más joven que yo, concretamente a los 30, en un intento de traer a este mundo a otro bebé al que llamarían Juanito. Pero ni Juanito ni ella sobrevivieron, y siguen descansando ahí, en esas casitas blancas rodeadas de sauces.
De otros tiempos acuden a mi memoria también algunos momentos de llantina, al despedirme de mi madre en Obando. Iba con mi abuelo... aquel hombre cabal, de impecable integridad con espíritu adelantado y ansias de ser artista, amigo de las discusiones (sin discutir se acaba demasiado pronto la conversación - decía...) y promotor de las extravagancias. Era un señor que lucía un gorro de estilo ruso sobre su mulo Sebastián en la carrera de San Antón. Era un señor que viajaba en su vespino, escuchando un cassette de mano que había atado con un alambre.
De la casa de Obando me acuerdo de las vacas, el estiercol, y el sinfín de cartas de amor que mi padre había escrito a mi madre durante la mili.
De la casa de Pela me acuerdo de las siestas con mi prima. Los paseos en bicicleta, los disfraces con la ropa del baúl del 'doblao'. También me acuerdo de un día de verano, concretamente un día 10, en que mi padre me hizo una sorpresa. Aquel día se marchó dolorido, se me olvidó que era su cumpleaños.
También conservo vagos recuerdos de la casa de mis tíos. En Pela también. Cuando nació mi hermano, tenía rubeola (o quizás era varicela?) y me llevaron con mis tíos para que no se la pegase. En mi mente albergo la imagen de aquel bebé, larguirucho y sietemesino, que conocí mientras otra de mis primas tomaba la Comunión.
Aquel bebé ahora tiene 25 años... y el otro día le dejé mi cama para que la mancillase con su nuevo amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario