Mamá, quiero ser guionista

Un día dije aquello de 'mamá, quiero ser guionista' y entonces ella...
¿por qué no me abofeteó?

miércoles, 21 de abril de 2010

Estoy allí, por fin.

Es raro alegrarse de que le despidan a uno, pero en mi caso podría hacer una fiesta.
Curioso momento cuando salí de firmar los papeles y guardé en mi bolso el ansiado cheque. Sí, estaba en Madrid, en esa ciudad que a veces parece dármelo todo y otras veces se empeña en robarme el alma, la individualidad en el más puro anonimato de un número.
Caminaba despacio, deseando perderme una vez más por esas calles plagadas de coches, sirenas y transeúntes. El cielo es caprichoso, a ratos gris, a ratos deslumbrándome con el sol. No he querido vestirme de gala para la celebración, pero el teatro se acaba y me siento con ganas de casi calzarme unos tacones. Aunque me duelan los pies, me apetece mirar desde lo alto.
El bullicio frenético de la ciudad me molesta un poco. Atravieso como puedo entre la gente y de repente, allí estaba ella, majestuosa y en una plaza para ella sola. Se llamaba Iglesia de Santa Bárbara y la plaza se empeña en llamarse de las Descalzas. Hay una verja y un parque que me separan de ella. Unos turistas salen de ella y una voz parece llamarme.
Entro, alentada por esa voz interior. Sorprendentemente todo está solitario, parece que el interior de esa majestuosa construcción está abierto sólo para mí. Hay algunas velas encendidas y sobre todo, una paz inmensa en el corazón de la gran ciudad.
Me refugio en un banco de madera y no puedo dejar de mirar con asombro a mi alrededor. Entonces es cuando empiezo a llorar y sin saber por qué, a agradecer, quién sabe a qué o a quién, el estar allí... por fin.

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