
Quise abrazarme a la complicidad,
como a la tabla el náufrago,
pero las olas de indiferencia
me alejaron del barco.
Sin aliento y a la deriva,
floté no sé cuánto,
pues perdí la conciencia
de tiempo y espacio.
La marea me arrastró
hasta parajes desiertos,
donde no habitan rencores
ni el humano desconcierto.
Y allí, aislada y salvaje,
aprendí a vivir de nuevo,
sin cuerdas ni pesares,
ahogándote por momentos.
Comprendí que no existías,
que te inventó mi cerebro,
como oasis eras esperanza,
como sal eras al sediento,
una luna que se asoma
a una charca... eres reflejo.
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